En vida o muerte


Si alguien te preguntara para quién y por qué vives, ¿qué responderías? ¿Vives para ti mismo? ¿Vives para tener un buen trabajo y una buena vida? ¿Vives para tus seres queridos, para los demás? Como cristianos, pareciera fácil responder que vivimos para Dios, lo realmente difícil es decir esa respuesta sabiendo que realmente es así como vivimos.

En la segunda lectura de hoy, San Pablo nos da la respuesta:

“Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos” (Rom 14,7-9).

Estas bellas palabras, inspiradas por Dios, tienen un significado profundo que resume el estilo de vida ideal de todo católico. Suena simple afirmar que somos del Señor, pero ¿entendemos el significado y sabemos todo lo que esto implica?

En primer lugar, habría que decir que, siendo creación de Dios y bautizados, nuestra vida tiene un propósito, el cual se va desvelando al hacer camino y pidiendo la luz del Señor para saber por dónde caminar. Cierto es que muchas veces podemos perder el sendero y probablemente caminemos en dirección contraria al Señor en más de una ocasión, pero eso no quita que el Señor nos tenga reservado un plan especial para nuestra vida. Es importante no olvidar esto para no dejar de caminar y de buscar, porque así nuestra vida no perderá su sentido.

“Si vivimos, para el Señor vivimos”, lo cual no significa otra cosa que tener en cuenta que nuestro día a día no debe seguir ideales egoístas, ya que un bautizado no vive para sí mismo, porque entonces estaríamos procurando nuestra comodidad y vida terrenal más que nuestra vida espiritual. Al respecto, San Gregorio Magno señaló:

Los santos, pues, no viven ni mueren para sí. No viven para sí porque en todo lo que hacen buscan ganancias espirituales, pues orando, predicando y perseverando en las buenas obras, desean aumentar los ciudadanos de la patria celestial. Ni mueren para sí, porque, ante los hombres, glorifican con su muerte a Dios, al cual se apresuran a llegar muriendo (Homiliae in Ezechielem 2,9,16).

Esto es lo que debería darle razón a nuestra vida: agradar a Dios en el día a día, glorificarlo en todas nuestras acciones y ofreciendo nuestro trabajo a Aquel que nos lo ha dado. Y no sólo eso, sino que nuestra misión, en el lugar que sea, es anunciar al Señor y tratar de darlo a conocer, sobre todo a quienes más alejados están de Él. Como Jesús nos dice en más de una ocasión, el amor al prójimo es el mandamiento principal por seguir, y amamos a los demás cuando deseamos que también ellos conozcan las maravillas que el Señor hace en las vidas de quienes se dejan encontrar y amar por Él. Vivir para Dios es no sólo dar testimonio, sino ser testimonio viviente y reflejo de Su amor y de Su gracia. Así, al llegar la muerte corporal, habremos glorificado a Dios con nuestra vida para seguir perteneciendo a Él en la vida que no termina y para la que fuimos hechos.

Es importante subrayar que, aunque nuestro camino de desvíe, seguimos perteneciendo al Señor, porque Jesús murió por todos, aun por los que lo ofenden, rechazan y persiguen. Nuestra vida no nos pertenece porque no nos creamos solos y porque la vida no termina con la muerte física.

Los pocos o muchos días que el Señor nos permita vivir, son para glorificarlo, aunque muchas veces nos cuesta entenderlo, y si así sucede, veamos el ejemplo de los santos que renunciaron a sí mismos para pertenecer del todo al Señor y que ofrecieron su vida y muerte para agradarlo y glorificarlo hasta el último suspiro. Cuando empieces a perder el sentido, o cuando quieras reclamar la muerte de un ser querido, recuerda a los tantos mártires que, mientras eran asesinados cruelmente, invocaban con todo su corazón el nombre de Jesús. Ten por seguro que gozan de una gran recompensa.

Qué triste y amargo es vivir y morir para uno mismo, haber pasado los días como si Dios no existiera, porque cuando alguien vive de ese modo, nunca encuentra la razón de su existencia, vive para sobrellevar sus días, por comodidad, por impulso y, al llegar la muerte, el vacío y la soledad llegan inevitablemente. ¿De dónde sostenerse en el dolor?, ¿a quién ofrendar y encomendar la propia vida?, ¿a quién agradecer las alegrías? Porque el vacío “tamaño Dios” sólo puede ser llenado por Él.

Por el contrario, qué alegría tan profunda es dar la vida cada día, vivir para el Señor que ha muerto y resucitado por cada uno, porque sabemos a dónde pertenecemos y dónde queremos pasar nuestra vida eterna. La vida cobra sentido cuando nos dejamos amar por Él y cuando decidimos ir tras Él, cuando intentamos, como los Apóstoles, dejar nuestras redes y seguirlo, aunque a veces nos enreden momentáneamente.

Sea cual sea el plan que Dios tiene para ti, ten por seguro que, si decides vivir para Él, tu vida nunca carecerá de sentido, ni siquiera en los días de oscuridad, de miedo y de sufrimiento, porque hasta en esos momentos de debilidad puedes ofrecerle al Señor tu dolor, ofrecerlo por el dolor de los demás. Por mucho que las adversidades te hagan sentir lo contrario, no has dejado de pertenecer a Dios y no es tarde para que empieces de nuevo a vivir y ofrecer tus días a Aquel que espera por ti cada momento.

Que nuestro lema y estilo de vida, de todos los días, sea: “En vida y muerte somos del Señor”.

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