La esperanza que nos sostiene


 

Después de poco más de cuarenta días de penitencia y de preparación, por fin hemos llegado al día más esperado, el día que resume todo lo que creemos y lo que esperamos, es decir, la resurrección de Jesús, que, a su vez, también es la nuestra, ya que también resucita nuestra esperanza. Vana sería nuestra fe si no tuviéramos algo por qué esperar y algo por qué vivir. La pasión, muerte y resurrección de Jesús le da sentido a nuestra vida, ese misterio encierra nuestra razón de ser como cristianos, por ello es importante recordar algunos puntos para que, al llegar el momento de la Vigilia Pascual, podamos realmente ser partícipes de la resurrección de nuestro Salvador y no sólo ser espectadores.

«Porque nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? » Romanos 8,24

Esto nos dice San Pablo y es un mensaje para nosotros el día de hoy, porque en este día la esperanza es la que nos mantiene firmes y la que nos sostiene. Nos comparte nuestro querido Papa Emérito Benedicto XVI, en su encíclica Spe Salvi:

El presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva. Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza.

Que estas palabras resuenen hoy en nuestro corazón, porque si bien es cierto que, aun estando en el camino de la fe, la vida no es fácil y las dificultades siguen presentes, si tenemos esperanza, podemos vivir los problemas y afrontar el dolor de un modo diferente, porque no vamos solos, Jesús va delante de nosotros mostrándonos el camino. Un aspecto incomprendido y a la vez hermoso de nuestra fe es que podemos darle un sentido al dolor, como Jesús lo hizo en la Cruz.

«Nuestra salvación es en esperanza», dice la Palabra, y esto significa que nuestra salvación viene de ella. ¿De verdad piensas que al morir termina todo? ¿Cuál sería entonces el sentido de vivir? Nuestra misma naturaleza humana anhela lo infinito y sé que muchos han sentido la llamada «nostalgia de Dios», y sé que también muchos buscan apagar esa sed con personas o cosas que no llenan realmente y que al final los dejan más vacíos. ¿Por qué creen que haya tantas ideologías, prácticas de meditación y demás experiencias extrasensoriales? Porque el ser humano busca desesperadamente llenar sus vacíos, pero nada de esto es ni será capaz de saciar la sed de infinito ni la compleja mente del ser humano de donde brota esa «inextinguible sed de Dios», como decía el P. Ignacio Larrañaga en uno de sus libros.

Por eso, como jóvenes, como Iglesia, tendremos un sentido auténtico en nuestra vida si dejamos que la esperanza en Dios, en la resurrección de Jesús, y en la nuestra, sea nuestra bandera, no sólo hoy, sino siempre. Con esto podemos mostrarle al mundo un rostro más humano, ya que últimamente hemos visto que la Iglesia ha tomado parte importante en estos meses de crisis. La esperanza en Cristo es la que nos mueve a darnos en servicio y a vivir una vida plena con un sentido muy claro.

El Evangelio de San Lucas nos relata cómo una madre iba desconsolada en camino a enterrar a su único hijo, pero Jesús, al verla, se compadeció y, acercándose al féretro, dijo con voz firme: «joven, a ti te digo, ¡levántate! », y al momento el muchacho se levantó y se fue con su madre. Una muerte siempre es triste y dolorosa, pero más aún la de un joven por el hecho de tener una vida por delante. Y esto lo podemos ver en la actualidad, hay muchos jóvenes vivos físicamente, pero que no tienen vida dentro de ellos. No seamos jóvenes ni Iglesia sin vida, porque Jesús está ahí para decirnos: «¡joven, levántate y vive! ¡No te apagues antes de tiempo! »

Hoy Jesús te da la esperanza de resucitar junto con Él y salir de tu sepulcro. Para poder salir, Jesús movió la piedra que cubría su sepulcro. Y tú, joven, ¿qué piedra tienes que mover para resucitar hoy? ¿qué es lo que te impide ser pleno? Si tienes algún vacío, te aseguro que no hay ningún vacío que Dios no pueda llenar. Los vacíos no se llenan con cosas materiales ni con las personas; los vacíos, muchas veces, son inmensos y por eso sólo la inmensidad de Dios puede llenarlos. La muerte no tiene la última palabra, tampoco el sufrimiento, ni la enfermedad, ni el dolor, ni una pandemia. A Jesús no lo detuvo la muerte, resucitó para darnos la vida, para que también nosotros podamos mover la piedra de nuestro sepulcro. No tengamos miedo de encontrarnos con Jesús, porque Él nos vino a decir que la esperanza del hombre va más allá de lo que nuestros ojos pueden ver.

La resurrección de Jesús no es solamente una idea, una filosofía o una alegoría, es un hecho real que va más allá de cualquier razonamiento humano. Dios no sería Dios si todos pudiéramos entenderlo por completo. Por más que creamos, siempre permanecerá ese «misterio» que nos hace querer conocerlo y amarlo más y que nos hace anhelar llegar a Él cuando llegue el momento.

Hoy Jesús nos invita a no perder esa esperanza de que estamos llamados a algo mejor y a recordar que fuimos creados para la eternidad, que tenemos una tarea y una vocación especial y que hay que descubrir cuál es, pero siempre en el camino de la esperanza. En estos tiempos de enfermedad, la Cuaresma parece que se ha alargado más de la cuenta, pero si aprendemos a vivir en esperanza, la Pascua será todavía más alegre. El camino puede doler, pero vivamos con la certeza de que la meta vale la pena y vale la vida. En esta noche encendamos el cirio del corazón y no dejemos que nada apague esta llama, porque sin fuego no hay luz, pero si la alimentamos, será una llama que no sólo no se apagará, sino que además alumbrará a los demás.


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