¿Por qué la fe no es una “anestesia” ante las dificultades?



¿Alguna vez has escuchado decir a alguien que la fe no es más que una anestesia ante los problemas del mundo? No es raro que muchos opinen que los católicos vivimos la fe como una especie de escape de la realidad, como un modo optimista de ver las cosas, una práctica en la cual nos refugiamos y nos escondemos de las dificultades. Sin embargo, quien alguna vez ha pensado esto, seguramente es porque no conoce qué es el catolicismo y cómo se vive la fe.

Empecemos por explicar, a grandes rasgos, qué es la fe. En la Audiencia General del 24 de octubre de 2012, el Papa Emérito Benedicto XVI mencionó que la fe es
un acto con el que me confío libremente a un Dios que es Padre y me ama; es adhesión a un «Tú» que me dona esperanza y confianza. [...] La fe es creer en este amor de Dios que no decae frente a la maldad del hombre, frente al mal y la muerte, sino que es capaz de transformar toda forma de esclavitud, donando la posibilidad de la salvación. Tener fe, entonces, es encontrar a este «Tú», Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible, [...] es confiarme a Dios con la actitud del niño, quien sabe bien que todas sus dificultades, todos sus problemas están asegurados en el «tú» de la madre.

En estas palabras encontramos la clave de la fe, que la vivimos, o tratamos de vivir, como un abandono a Dios, como la seguridad que demuestra un niño en los brazos de sus padres, que no cuestiona, sino que confía siempre en que ellos lo van a proteger y proveer de todo lo necesario. En este punto es importante mencionar que la seguridad que nos da la fe no es algo que nos pueda proporcionar alguna otra persona, cosa, o yo mismo, es algo que sólo puede venir de Aquel que nos sostiene en cada momento. La fe es un regalo que nos viene de Dios y que nos concede, a su vez, serenidad y paz.

Con esto no quiero decir que optar por la fe es apostar por un mundo sin problemas, donde todo es paz y tranquilidad, no es garantía de que todo sucederá como yo quiero. Sin embargo, la fe nos ayuda a afrontar las dificultades desde una perspectiva diferente, en donde el problema, por más grande que sea, no nos quita el sentido de nuestra vida, no nos hunde permanentemente y no nos quita el deseo de seguir creyendo. La fe no es sólo creer las verdades de Dios, sino vivirlas y experimentarlas en mi persona. En el camino cristiano no estamos llamados a ser espectadores, sino partícipes.

A diferencia de lo que muchos puedan pensar, la fe no es para convencernos a nosotros mismos de que todo estará bien algún día y así evitar la realidad. La fe no produce ceguera, sino luz. Los cristianos no usamos la fe como un escudo sólo para evitar los problemas, sino que realmente tenemos la convicción de que el Señor nos sostiene a pesar de la tribulación. La fe es ese regalo que nos da certeza en la incertidumbre, luz en la oscuridad y paz en el caos.

Es importante recordar que tener fe no nos hace renunciar a la razón, al contrario, nos ayuda a pensar y a ver las cosas a profundidad, no sólo superficialmente con lo que podemos observar. Tampoco la fe es una mera tradición, en la cual creemos porque nos lo dicen, sino que es fruto de un encuentro personal con Dios.

Agrego, además, que la fe no es indiferencia ante la tragedia y el sufrimiento del otro o de mí mismo, sino que nos mueve a actuar, a interceder por los demás y a tratar de hacerles llegar la Buena Nueva, porque deseamos que el otro también tenga fe. Animar a las personas no se trata de un falso optimismo, porque realmente creemos y sabemos que el mal no tiene la última palabra y, que si nos abandonamos a Dios, nuestra esperanza no será nunca en vano.

Cuando alguien se abandona al mundo y dedica toda su vida a llenar vacíos, en algún momento se dará cuenta que esos vacíos y esa búsqueda no lo saciarán nunca, porque todos fuimos creados con deseos de lo infinito, no de lo efímero. Existen tantas prácticas para encontrar la paz porque todos, en el fondo, buscan encontrarse con Su Creador, aunque no crean en Él o digan que no creen. Las cosas materiales y mundanas no lo son todo en la vida, todos tenemos necesidades espirituales que tarde o temprano terminan por convertirse en conflictos internos si nos negamos a Dios para encerrarnos en nosotros mismos.

No se puede entender aquello que no se conoce, por eso tantos ataques e ideas erróneas sobre nuestra Iglesia y la fe cristiana. Y no es que los cristianos entendamos por completo a Dios (porque entonces no sería en Dios en quien se cree), ya que nuestro razonamiento humano es limitado y no puede contener en sí el ser de Dios. Sin embargo, no necesitamos entender por completo para creer, porque la fe va más allá de la limitada sabiduría del hombre.

Los católicos no negamos los problemas y el sufrimiento, sino que tratamos de darle un sentido distinto. Nuestra fe no es anestesia porque ésta te adormece para no sentir nada, en cambio, la fe nos abre los ojos y nos despierta, nos hace ser más sensibles de lo que antes éramos y nos impulsa a hacer nuestro el dolor ajeno. No amamos el dolor ni somos masoquistas, tan sólo tratamos de aceptar la voluntad de Dios porque sabemos que todo tiene una razón de ser, aunque muchas veces esa razón nos sobrepase.

La fe alimenta nuestra esperanza y nuestra confianza en un (y único) Dios que nos ama, que quiso hacerse como nosotros y que quiso vivir en carne propia todos los sufrimientos y aún más, que quiso venir a darnos a conocer la Verdad y que se entregó para abrirnos el camino al Padre. Por más confuso que pueda sonar, la fe no es nuestra anestesia, más bien, es nuestra mayor certeza y todos estamos llamados a ser partícipes de ella.


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