¿Puede un católico estar a favor del aborto?
Hoy en día, los movimientos feministas han sido
recurrentes en varias partes del mundo, pidiendo un alto a la violencia contra
las mujeres. Sin duda, estamos de acuerdo con el fin de la violencia y es
nuestro deber pronunciarnos al respecto, pero ¿qué hay detrás del feminismo
radical actual? ¿Puede un católico/a apoyar a este colectivo o incluso ser
parte de él? ¿Puede un católico apoyar el aborto?
En primer lugar, hay que decir que los
católicos rechazamos cualquier tipo de violencia que ponga en riesgo la
integridad de una persona o un grupo de personas. En este sentido, todos los
cristianos estamos llamados a defender la causa de la violencia contra las
mujeres —y también contra los hombres—. El problema viene cuando los colectivos
feministas mezclan las causas de lucha, ya que en todas sus manifestaciones
sobresalen los pañuelos verdes que buscan la despenalización del aborto.
A simple vista, pareciera que la lucha feminista
es inspiradora al buscar justicia para las mujeres que han sido violentadas de alguna
forma, pero ¿qué hay detrás de esa lucha y cuál es la intención actual? Sin
generalizar a todas las mujeres realmente indignadas por los homicidios, lo que
se percibe sin mucha dificultad es un feminismo radical cuyo objetivo principal
es buscar que se legalice el aborto.
En las redes sociales abundan los videos y las
fotografías que muestran que muchas de las acciones de las feministas radicales
se reducen a pedir “aborto legal, seguro y gratuito”, e incluso a ofender y a atacar
a la Iglesia. Y es ahí cuando los católicos estamos llamados a defender la causa
provida, porque sabemos que la vida es sagrada y que nadie tiene el derecho de disponer
de ella bajo ninguna circunstancia.
Es necesario recordar que el Catecismo de la
Iglesia Católica (2270-2275) es contundente al precisar cuál es la posición de
la Iglesia respecto al aborto y deja muy en claro que es un crimen grave que
trae consecuencias igualmente graves para todo aquel que incurre en esta
acción, así como para los que, directa o indirectamente, cooperan para que éste
se lleve a cabo.
La
cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona
con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. “Quien
procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae
sententiae” (CIC can. 1398), es decir, “de modo que incurre ipso
facto en ella quien comete el delito” (CIC can. 1314), en las
condiciones previstas por el Derecho (cf CIC can. 1323-1324). Con esto la
Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar
la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a
quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad. (CIC 2272)
Así pues, es incorrecto que un católico apoye de
cualquier manera este acto. El aborto es un crimen que no debe ser sujeto a
discusión para intentar darle justificación en ningún contexto. Y es necesario
mencionarlo y citar específicamente esa parte del CIC ya que, además de hablar
de la misericordia y del amor de Dios, también es nuestra obligación hablar de
todo aquello que nos aleja de Dios y de la salvación. Sería un grave pecado de omisión
callar esta parte por miedo al rechazo social, por tibieza, por apego al mundo
o por indiferencia. La Iglesia y el mundo en general pasan por momentos difíciles,
por ello no podemos callar ante la injusticia de quienes, por conveniencia, libertinaje
y fines políticos quieren aprobar el asesinato de seres inocentes.
La vida humana, en todas sus etapas, es igual
de valiosa y ningún humano tiene la facultad de decidir cuándo es menos valiosa
la vida, a conveniencia. Además de los motivos biológicos, en el contexto
religioso que se aborda, cada persona es única e irrepetible, cada uno es
reflejo del amor con el que el Padre nos pensó. Respecto a este punto, el Salmo
139, que puedo definir como un salmo “provida” (y que además es mi preferido),
describe de manera muy bella y clara cómo es que el Señor nos ha pensado desde
siempre:
Porque tú has formado mi cuerpo,
me has tejido en el vientre de mi madre; [...]
Mi aliento conocías cabalmente,
mis huesos no se te ocultaban,
cuando era formado en lo secreto,
tejido en las honduras de la tierra.
Mi embrión veían tus ojos;
en tu libro están inscritos
los días que me has fijado,
sin que aún exista el primero. (Salmo 139, 13,15-16)
Con estos versículos, ningún argumento puede estar por encima para afirmar que un católico puede apoyar el aborto. El salmista, inspirado por el Espíritu Santo, afirma que el Señor nos forma y nos “teje” en el vientre de nuestra madre, lo que nos dice que Dios nos pone especial atención y cuidado desde entonces y que desde el seno materno ya somos seres amados por el Padre, por lo cual tenemos ya un valor incuestionable. Es por ello que, como hijos de Dios, como seres que hemos sido amados desde siempre por Él, debemos velar por la vida de quien es tan valioso como tú y como yo, de los seres humanos más indefensos que tendrían que tener como lugar seguro el vientre de su madre.
No podemos jugar a ser Dios y decidir cuándo alguien merece vivir y cuándo no, no podemos meternos con lo más sagrado que es la vida. Siempre hay alguna alternativa para las madres solteras que no tienen cómo sostener a sus hijos, pero, sin duda, matarlos no será nunca una opción aceptable ni querida por Dios. Aún los niños de escasos recursos, aquellos que la sociedad señala para fines perversos y para justificar el aborto, son amados por Dios y tienen derecho a vivir y a salir adelante.
Hermano católico, no te dejes engañar por el relativismo moral, aquel pensamiento que dice que determinada situación puede ser aceptable dependiendo de las circunstancias, pues no habrá ninguna por la cual sea justificado un crimen tan cruel como el aborto. Los colectivos proaborto tienen intereses contrarios al plan de Dios, no dejes que inunden tu pensamiento con un discurso de falsa empatía. Tampoco te dejes llevar por organizaciones que se dicen católicas, pero en su lucha por “el derecho a decidir” se dedican a justificar el aborto y a confundir a los creyentes que carecen de formación.
Por “extremista” que parezca, un católico que apoya el aborto está yendo en contra del plan de Dios y se está metiendo con lo más sagrado que tenemos. No es fanatismo ni conservadurismo extremo, simplemente es coherencia con la fe que practicamos y con lo que creemos. Es hora de decidir de qué lado queremos construir, porque la tibieza de parte de religiosos y laicos está haciendo mucho daño a la Iglesia.
Hoy más que nunca necesitamos unirnos como católicos para levantar la voz por aquellos que aún no la tienen. Es necesario remar contracorriente como el mismo Jesús lo hizo en su momento. No tengas miedo de ser signo de contradicción en tu familia o en tu grupo de amigos, pues tendrás la seguridad de estar del lado correcto y, sobre todo, estarás seguro de ir por el camino que Dios te quiere mostrar.


Comentarios
Publicar un comentario