¿Aún no tienen fe?
«Maestro,
¿no te importa que nos hundamos?» El
Evangelio de hoy nos presenta una serie de preguntas que manifiestan el miedo y
la inseguridad por parte de los apóstoles y la reprensión por parte de Jesús.
El Maestro y los apóstoles se
encuentran en una barca y, a la primera tempestad, éstos últimos empiezan a
dudar y a temer. Cuánto podemos identificarnos con los apóstoles: pensamos que
Jesús duerme y calla ante nuestro dolor. Vemos tanta maldad en el mundo, guerras,
delincuencia, injusticias y toda clase de sufrimiento. ¿Es que no te importa,
Señor, que nos hundamos? ¿Por qué estás dormido cuando estamos a punto de hundirnos?
Todos, en algún momento, nos hemos preguntado lo mismo, muchas veces con una
intención sincera de clamor, pero al final terminamos cuestionando.
Jesús nos pide ir «a la otra orilla del lago», junto con otras barcas, pero
no nos dijo que no habría más tormentas. El camino de la fe no es, en ningún
modo, una garantía de que todo nos saldrá como esperamos y tampoco de que los
problemas no nos alcanzarán; éstas son las letras pequeñas que no nos gusta
leer y desearíamos saltarnos. Seguir a Jesús no garantiza que no vamos a sufrir,
pero sí que ese sufrimiento tendrá siempre un sentido si lo sabemos ofrecer.
Ningún sufrimiento es en vano.
Cuando pasamos por alguna tormenta
es natural que no veamos nada fuera de ella, porque nuestros pensamientos los
ocupa el dolor, la incertidumbre y el miedo, nos encerramos tanto en el
sufrimiento que no somos capaces de ver lo que hay afuera; de lograr hacerlo,
nos daríamos cuenta de que el Señor sigue actuando en todo lo que nos rodea. No
es posible pensar que Jesús duerme cuando hoy en día sigue habiendo misioneros
que recorren largos kilómetros para llevar alivio y consuelo, para dar a
conocer la buena nueva.
¿Cómo decirle a Jesús que no
le importa que nos hundamos cuando hay tantos sacerdotes que viajan varias horas
para llevar un poco de esperanza, para llevar la presencia y la misericordia de
Dios hasta los lugares más «olvidados» y apartados? ¿Cómo pensar que
somos olvidados de Dios cuando existen religiosas consagradas de clausura que piden
por nosotros continuamente (muchas veces más de lo que nosotros mismos rezamos
por nuestras propias intenciones)? A veces ni siquiera nos enteramos de su
existencia. El Señor no duerme cuando tenemos la oportunidad de ir a nuestra
Parroquia, confesarnos y recibir la Eucaristía; sobre todo esto último: a cada
momento, en todo el mundo, se celebra constantemente la Santa Misa, un milagro
de principio a fin. El Señor sigue despierto cuando un buen samaritano le
comparte pan al hambriento. Jesús sigue con nosotros en la barca cuando tenemos
alguien en quién apoyarnos, cuando contamos con buenos amigos que nos sostienen
con su oración.
La lista anterior podría
alargarse más y no terminar nunca, y es aquí cuando nos podemos dar cuenta de
que Jesús no es indiferente a nuestro dolor, Él sigue trabajando en silencio.
Como decía San Juan de la Cruz, el de Dios es un «silencio de amor», uno discreto, pero no pasivo.
¿Por qué seguimos creyendo que Jesús duerme?
«¿Por qué tenían tanto miedo?
¿Aún no tienen fe?»
Tantas veces somos incapaces
de ver las obras del Señor porque nos pasamos el tiempo mirando las olas,
viendo cómo el mar se lleva nuestras seguridades. Aun así el Señor nos habla
con paciencia y nos invita a dejar de poner toda nuestra atención a los
lamentos y nos llama a trabajar por Su Reino. Es una respuesta muy humana el
tener miedo, sentirlo no es malo, lo malo viene cuando dejamos que el miedo nos
invada y que nuble nuestra vista. ¿Cuántas veces nuestro miedo ha sido más
grande que nuestra fe? Es importante reconocerlo, confesarlo y buscar
cambiarlo. Si nosotros se lo pedimos y tenemos la disposición, Jesús también
puede transformar nuestro miedo en fe, como hizo con los apóstoles. Es
necesario recordar que, siempre que clamemos por ayuda, el Señor siempre nos
escucha y busca darnos lo que necesitamos y lo que es mejor para cada uno de
nosotros, aunque a primera vista no sea muy claro.
No está de más mencionar que
la barca también representa a nuestra Iglesia, la misma que ha pasado por
muchas persecuciones y tribulaciones y que, después de dos mil años, sigue en pie,
porque el Señor así lo prometió:
«Yo te digo, tú eres Pedro, y
sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán
contra ella».
Las aguas y el viento se
tranquilizan y la barca de la Iglesia sigue remando mar adentro, a pesar de que
muchos de los que vamos en ella llegamos a dudar alguna vez, porque la fidelidad
de Dios es más grande que nuestras dudas.
El Evangelio nos dice un
detalle importante: «Jesús dormía
en la popa, reclinado sobre un cojín». La
popa de un barco es la parte trasera, donde se encuentra el timón. Jesús va dirigiendo
siempre el timón de nuestra barca y de nuestra Iglesia, por eso el mal no podrá
con ella, porque quien toma el control es Dios mismo.
Es cierto que dentro de la Iglesia
hemos dejado que el agua entre a la barca, es evidente que las ideologías y la
cultura de la muerte están contaminando a los mismos laicos y consagrados. Por
esta razón, hoy más que nunca es necesario seguir trabajando para anunciar la
verdad y denunciar la mentira que el mundo nos ha querido vender como lo
correcto. Es absolutamente necesario que los católicos estemos preparados para
que no nos confundan ni nos hagan ir en contra de nuestra fe, para que, si el
agua sigue entrando a la barca, no logre ahogarnos.
Nuestra fe es la que puede llegar
a tambalearse, pero El amor y la fidelidad de Dios son y serán siempre estables.
Jesús «duerme» y nos custodia en nuestra barca
para que le permitamos que tome el timón de nuestra vida siempre que así se lo
pidamos. Si nuestra vida es una tormenta constante, busquemos llevar la calma,
teniendo la seguridad de que, aunque parezca dormir, Jesús sigue con nosotros
en la misma barca.


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